La historia arranca en 2018, cuando la renegociación del TLCAN se sentía como una película de terror para México: amenazas de aranceles de 25% a los autos, 50% al acero, tweets de ruptura y un vecino impredecible en la Casa Blanca. Ocho años después, esa narrativa cambió: Trump vuelve a poner sobre la mesa la idea de salirse del tratado, pero México tiene ahora suficientes cartas económicas y políticas para llamar su farol y usar la revisión de 2026 como palanca, no como amenaza.
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El tema central es la integración productiva de Norteamérica: cadenas de valor tan entrelazadas que romper el TLCAN (o su versión actual) sería políticamente costoso incluso para Trump. Antes de la pandemia, el comercio total entre Estados Unidos y México y Canadá rondaba 1.3 billones de dólares anuales; solo con México, los flujos de bienes y servicios alcanzaban unos 678 mil millones de dólares en 2019, haciendo de México el segundo mayor mercado de exportación de EE.UU. y su tercer socio comercial. Desde entonces el volumen bilateral siguió creciendo, impulsado por nearshoring y relocalización de manufactura: datos oficiales muestran que el comercio total México–EE.UU. pasó de alrededor de 615 mil millones de dólares en 2018 a cerca de 900 mil millones en 2025, consolidando a México como principal socio comercial de Washington.

Ese músculo se siente también dentro de México. El país cerró 2025 con un superávit comercial de 2.43 mil millones de dólares en diciembre, con exportaciones creciendo 17.2% anual gracias a un salto de 20.6% en manufacturas, mientras las petroleras caían casi 33%. La historia es clara: el héroe no es el petróleo, son las fábricas: autos, autopartes, electrodomésticos y equipo electrónico que dependen de reglas del tratado de libre comercio, pero también que generan empleos bien pagados y un flujo de dólares que ha ayudado a mantener un peso fuerte, pese a las amenazas de aranceles.
El reto original era sobrevivir: evitar que un arancel generalizado hundiera la inversión exportadora y tirara el peso; por eso los gobiernos de México optaron por una estrategia de contención, evitando confrontar directamente a Trump y cediendo en temas como migración y seguridad para proteger el acceso al mercado. Hoy, el tablero es distinto: la administración de Claudia Sheinbaum enfrenta a un Trump que nuevamente insinúa salirse del pacto, pero lo hace con un México que envía más de 80% de sus exportaciones a EE.UU. y, al mismo tiempo, se ha vuelto crucial para que Washington reduzca su dependencia de China en manufactura avanzada

Ese grado de concentración convierte a México en aparente rehén, pero también en socio indispensable. En 2024 el 83.3% de las exportaciones mexicanas siguieron yendo a Estados Unidos y solo 6.4% a Canadá, con el resto del mundo capturando alrededor de 10–11%; al mismo tiempo, cerca de 18% del contenido de un auto “mexicano” exportado al norte es, en realidad, valor agregado estadounidense. En la práctica, buena parte de lo que México vende a EE.UU. son insumos y empleos norteamericanos reciclados: golpear a México con aranceles altos es también golpear cadenas productivas y trabajadores en estados clave para las elecciones de 2026 y 2028.

La apuesta es que México puede usar justamente esa interdependencia para negociar: no necesita amenazar con romper el tratado de libre comercio, sino recordar que cualquier ruptura pegaría en tres frentes donde a Trump le duele perder: empleos manufactureros, inflación (por encarecimiento de autos y bienes importados) y capacidad de contener a China en la región. En otras palabras, el héroe que empezó como víctima de un bully comercial ahora tiene números, cadenas de valor y geopolítica de su lado; si sabe jugar sus cartas en la revisión de 2026, puede transformar el farol de Trump en una oportunidad para asegurar otros 16 años de integración —y para seguir convirtiendo la amenaza de aranceles en un motor de inversión que, paradójicamente, está acercando más que nunca a México y Estados Unidos.
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